Hace tres años aproximadamente que estoy embarazada. La gente se me acerca con un además risueño en el rostro a felicitarme. Cuando les pregunto que por qué, con cara de desconcierto (¿me habrán dado el premio literario ése al que no me he presentado?), se les muda la color y entonces se combina toda serie de excusas mal balbuceadas: No, es que el jersey… Es que a mí me han dicho… Pues yo juraría… Será mi hermana, digo. Ahhhhhhhh. Será mi cuñada, aclaro. Ohhhhhhhhhhhh. El más osado se atreve, en lugar de esgrimir unas protocolarias disculpas por la metedura de pata, a soltarme, con un tortazo de complicidad en el brazo: Pues a ver si te vas espabilando. Yo es que me troncho. Me han abordado con ciento y pico de rumores distintos. Desde el popular “Enhorabuena, que ya me he enterado”, pasando por el nunca descartable “¿Y de cuánto estás ya?”, hasta el maquiavélico: “¿Qué has tenido, niño o niña?”. Eso sin desdeñar el lacónico pero eficaz magreo de barriga, que, admito, lejos de estar abdominalizada, tampoco es una panza rimbombante, digo yo. Al próximo que me palmee impúdicamente el michelín pienso contestarle, así, sin anestesia: “Que esto es de zampar, no de chingar, inútil”. El otro día fui al dentista y, antes de cruzar el umbral de la puerta, me saluda la secretaria con este regalo: “Hombre, tú eras la que estaba embarazada, ¿no?”. Hasta el propio dentista se aventuró a congraciarse conmigo: “Pues ya tienes una edad. Mira mi hija, la pobre, con 36 años y sin niños”. Os parecerá que exagero. Pero hace dos meses, en la consulta del otorrino (sí, soy asidua a las consultas médicas, qué le voy a hacer), a la voz de “El siguiente”, entro, me echa una ojeada el doctorcito y me pregunta: “Está usted embarazadita, ¿no?”. Después se excusó basándose en mi ropa holgada. Al día siguiente, siendo ya época navideña, se me ocurrió la brillante idea de obsequiar a mis compañeros de la Sala de Profesores con una caja de bombones. Madre mía, cómo se me ocurriría. ¡Que Blanca está embarazada! ¡Dadle la enhorabuena! Tuve que enfadarme, la verdad.
Yo, sinceramente, no acabo de acostumbrarme al infundio, especialmente del que siempre procura solucionarme la vida con un “¿Y para cuándo lo vas a dejar?”, “¿A ver si te animas, no?”, “Pues con treinta años ya es hora”, “¿Y tú para cuándo?”, etc., etc. Los familiares allegados e inoportunos, con el paso de los años de mi matrimonio, se envalentonan a conjeturar sobre nuestra puntería o validez como hipotéticos engendradores, exhibiendo procazmente su prole o su asombrosa fertilidad. Os ahorraré los comentarios tendenciosos. La mala leche y la ignorancia lo invaden todo. El más compadecido hasta me consuela: “Pues anda que sin hijos VAS A VIVIR poco bien, de muchos problemas te vas a quitar tú si no los tienes…” Yo juro que no doy pie a la especulación, arropada por mi habitual discreción, si bien hay días que reventaba de un hostión al listo de turno. Hoy, sin embargo, entre hastiosa y aburrida, he albergado la peregrina idea de hacer una lista (ya sabéis que me pirro por una nomenclatura), en la que anotaría la frecuencia casi diaria con la que un subnormal (o subnormala, que suele ser más habitual) se acerca para aguarme el día. Hoy ya han sido dos, uno por la mañana y otro por la tarde. Y no paro de contar, porque son las 17,00 horas, y en cuanto me vuelva a echar a la calle, sé que volverá a abordarme una enardecida horda de traficantes del chinchorreo dispuestos a hacer su agosto. A lo mejor hasta les digo que sí, por variar, que estoy preñada de tres años y pico. Igual cuela.








































